El mundial lo gana hacienda

Artículo de opinión de Miquel Angel Català
 

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por el autor Miquel Angel Català
5 minutos de lectura
Publicado el Jueves, 30 Julio 2026 - 11:04

Hay noticias que deberían invitarnos a reflexionar sobre el modelo de sociedad que estamos construyendo. España gana el Mundial, bien, todo el mundo sale a celebrarlo, pero aquí quien está más contento es Hacienda, que podría ingresar cerca de seis millones de euros en impuestos derivados de las primas de los futbolistas. 

El dato se ha presentado como una consecuencia positiva para las arcas públicas. Y, desde un punto de vista estrictamente fiscal, es cierto que estas retribuciones deben tributar, solo faltaría. 

 quizá la cuestión importante no es cuánto recaudará Hacienda si España gana el Mundial. La cuestión es por qué hemos llegado a considerar que, ante cualquier éxito económico de un ciudadano, la primera perspectiva desde la que lo analizamos es cuánto se lleva el Estado

El caso de los futbolistas es simplemente una metáfora de un problema mucho más amplio. El sistema tributario español ha ido construyendo, durante décadas, una red de impuestos que grava prácticamente todas las etapas de la vida de una persona: cuando trabaja, cuando consume, cuando ahorra, cuando invierte y, lo más triste, cuando transmite el patrimonio que ha creado a lo largo de su vida. 

Una lógica que, llevada al extremo, se acerca a una de las tentaciones más recurrentes del socialismo: entender la riqueza generada por los ciudadanos como una reserva permanente a disposición del Estado, olvidando que, en lugar de redistribuir la riqueza, hay que crearla.

La gracia de los impuestos es que no son gratuitos. Cada euro que recauda el Estado es un euro que deja de estar en manos de un ciudadano. Puede ser necesario para financiar servicios públicos o las tonterías del gobierno populista de turno, pero sigue siendo un recurso que previamente ha generado la sociedad. El Estado no crea el dinero que recauda, sino que lo obtiene de la actividad de millones de personas y empresas. 

Esta realidad parece obvia, pero a menudo desaparece del debate... Hablamos de los ingresos fiscales como si fueran una propiedad natural del Estado, cuando en realidad son una parte de los recursos que los ciudadanos ceden obligados para sostener unas instituciones que deberían estar a su servicio...

El problema, por tanto, no es que un futbolista pague impuestos. El problema es entender cualquier aumento de la recaudación como una buena noticia en sí misma, mientras miles de trabajadores y autónomos viven asfixiados entre impuestos, cotizaciones y burocracia, viendo cómo una parte cada vez mayor del fruto de su esfuerzo acaba en manos de un Estado que no los tiene en cuenta. 

Una economía coherente no defiende la ausencia de impuestos. Defiende una fiscalidad razonable, previsible y proporcional, que permita financiar los servicios públicos sin convertir al Estado en el socio obligatorio de cualquier persona que produzca riqueza.

El capital y el talento no tienen fronteras tan rígidas como las que existían hace unas décadas. En una economía global como la actual, las personas y las empresas comparan entornos, comparan impuestos, pero también seguridad jurídica, burocracia, estabilidad institucional y calidad de los servicios públicos. No se trata de competir para ver qué país cobra menos impuestos. 

Se trata de entender que existe una relación directa entre fiscalidad, incentivos y crecimiento. Si una persona sabe que una parte cada vez mayor del fruto de su esfuerzo acabará en manos del Estado para gastarlo en tonterías, es legítimo preguntarse qué efecto tendrá eso sobre sus decisiones futuras.

¿Qué quiero decir con todo esto? Pues cómo nos afecta a nosotros. El Principado se ha convertido, durante décadas, en un refugio para muchas personas que han decidido escapar de la creciente presión fiscal de los países de su entorno. 

Personas que, después de años de trabajar, invertir y generar, han visto cómo una parte cada vez mayor del fruto de su esfuerzo era absorbida por el Estado y han encontrado en Andorra un país donde poder conservar una mayor parte de lo que han conseguido. Pero Andorra también debe ser consciente de que no puede limitarse a convertirse en el refugio fiscal de quienes huyen de la presión tributaria de otros países. 

Debe procurar, al mismo tiempo, cuidar de sus propios ciudadanos y garantizar que la clase media andorrana no acabe siendo la gran olvidada de este proceso. 

Y, por desgracia, en algunos aspectos, esta realidad ya no es una cuestión de futuro; Andorra ya llega tarde a la hora de dar respuesta a las dificultades que afrontan sus propios ciudadanos. 

No tiene ningún sentido atraer grandes patrimonios mientras los jóvenes andorranos tienen cada vez más dificultades para acceder a una vivienda, mientras las familias soportan un coste de vida creciente o mientras la clase media ve reducida progresivamente su capacidad adquisitiva.

El reto de Andorra está claro: encontrar el equilibrio. Seguir siendo un país atractivo para el capital y el talento que buscan libertad económica y estabilidad, pero sin dejar de proteger a quienes ya viven aquí y han hecho posible la prosperidad del Principado.

Los ciudadanos que llegan pueden contribuir mucho a la economía de Andorra, pero los ciudadanos que han nacido aquí y han construido su vida no pueden quedar relegados a un segundo plano. Nuestro país debe seguir siendo un refugio para quien huye de una fiscalidad abusiva, pero también debe ser un hogar próspero para sus propios ciudadanos. No lo olvidemos, por favor. 

 

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