«Occidente se ha convertido en una de las pocas civilizaciones que parecen sentir la necesidad permanente de disculparse por su propia existencia»

Entrevista a Víctor Domínguez, Wall Street Wolverine 

Víctor Domínguez, Wall Street Wolverine
Víctor Domínguez, Wall Street Wolverine
por el autor Joel Picón
29 minutos de lectura
Publicado el Domingo, 8 Noviembre 2026 - 17:31

En un momento en el que una parte de la juventud occidental vuelve a mirar hacia la tradición, los valores conservadores y la fe católica, el debate sobre el futuro de nuestra civilización ya no se limita a la política o la economía. 

La crisis de la vivienda, las dificultades de los jóvenes para formar una familia, la pérdida de referentes culturales y el desencanto con las promesas del progreso dibujan un escenario de transformación social, cultural y espiritual que cuestiona algunas de las certezas de las últimas décadas.

En este contexto, Víctor Domínguez, conocido como Wall Street Wolverine, publica su segundo libro, Los hijos malditos de la historia, una obra que profundiza en las contradicciones de una sociedad que ha alcanzado niveles extraordinarios de prosperidad material, pero que, según el autor, ha ido perdiendo el sentido de la trascendencia, la identidad y el compromiso.

Tras analizar el poder de las redes sociales y la revolución de la comunicación en El poder digital, Domínguez amplía ahora su mirada hacia los fundamentos morales y espirituales de Occidente. 

En esta entrevista con La Veu Lliure, reflexiona sobre el declive de la cultura woke, el retorno del cristianismo entre determinados sectores juveniles, la crisis del modelo de prosperidad occidental y el papel de los nuevos medios digitales en la transformación del debate público. Una conversación que plantea una pregunta de fondo: ¿estamos ante una simple reacción generacional o ante el comienzo de un cambio cultural mucho más profundo? 

 

¿Qué ha cambiado en Víctor Domínguez desde que empezó a escribir El poder digital hasta que ha terminado Los hijos malditos de la historia? ¿Ha evolucionado también su manera de entender la sociedad?

Cuando escribí El poder digital, mi principal preocupación era analizar cómo la tecnología, las redes sociales y las nuevas formas de comunicación estaban transformando las relaciones de poder y como las redes sociales le estaban comiendo terreno a los medios tradicionales. Me interesaba comprender quién controla la información, cómo se construye la opinión pública y de qué manera el mundo digital estaba alterando los equilibrios políticos, económicos y culturales.

Sin embargo, durante el proceso de escritura de Los hijos malditos de la historia he llegado a una conclusión: La batalla cultural que llevamos años librando es, en su dimensión más profunda, una batalla espiritual. Y creo que ese ha sido el mayor cambio en mi manera de entender el mundo.

He comprendido que muchos de los problemas que analizamos desde la política o la economía son, en realidad, manifestaciones de una crisis mucho más profunda: una crisis de identidad, de valores, de trascendencia y de sentido vital. Hemos construido una sociedad que ha avanzado muchísimo en lo material, pero que parece haber perdido buena parte de los fundamentos espirituales y morales sobre los que se levantó nuestra civilización.

De poco sirve conquistar espacios de libertad política o económica si, individualmente, terminamos convertidos en esclavos de nuestros propios impulsos, de nuestras dependencias o de la necesidad permanente de recibir validación externa.

Y esto me ha llevado también a reflexionar sobre el concepto de libertad. Durante mucho tiempo, hemos tendido a identificar la libertad con la ausencia de imposiciones externas. Pero he ido dándome cuenta de que existe otra dimensión igualmente importante: la libertad interior. Puedes vivir en una sociedad políticamente libre y, sin embargo, ser profundamente esclavo de tus deseos, de tus vicios o de tus miedos.

En ese sentido, este libro también me ha hecho valorar aún más nuestras raíces cristianas, no solamente como una cuestión religiosa, sino como una parte esencial de nuestra identidad histórica y cultural. Me ha hecho poner más en valor aún la importancia del sacrificio, del compromiso, de la rectitud y de la trascendencia en la construcción de una vida verdaderamente plena.

Si El poder digital trataba de comprender los mecanismos que gobiernan el mundo exterior, Los hijos malditos de la historia es, en buena medida, una reflexión sobre aquello que gobierna nuestro mundo interior.

Y quizá esa sea la conclusión más importante a la que he llegado. No podemos aspirar a reconstruir una civilización si antes no somos capaces de reconstruir al individuo. Porque las grandes crisis de las sociedades no comienzan únicamente en sus instituciones, en sus economías o en sus sistemas políticos. También comienzan cuando las personas pierden el sentido de quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde quieren dirigirse.

 

Durante los últimos años hemos vivido lo que muchos denominan la era woke, marcada por la corrección política y las políticas identitarias. Sin embargo, ahora parece producirse un efecto péndulo, con jóvenes que vuelven a interesarse por valores conservadores, la tradición e incluso la fe católica. ¿Hasta qué punto considera que este giro es una reacción a los excesos de la cultura woke y hasta qué punto responde a una búsqueda más profunda de identidad y sentido?

El rechazo a determinados excesos de la cultura woke puede ser el detonante, pero la búsqueda de identidad, de arraigo y de trascendencia es lo que realmente puede convertir esa reacción en algo duradero. Una cosa es rebelarse contra aquello que consideras absurdo o impuesto y otra muy distinta es encontrar unos principios sobre los que construir tu propia vida.

Durante los últimos años hemos asistido a una transformación cultural en la que determinados discursos identitarios han adquirido una enorme presencia en los medios de comunicación, las instituciones, las universidades y las redes sociales. En mi opinión, una parte de estos movimientos ha terminado convirtiendo la identidad en un terreno de confrontación permanente, fomentando una visión de la sociedad basada en agravios colectivos y cuestionando muchos de los referentes tradicionales que durante generaciones habían proporcionado estabilidad y sentido de pertenencia.

Y creo que esto ha generado una reacción entre determinados sectores de la juventud. Cuando la transgresión se institucionaliza y la rebeldía se convierte en el discurso dominante, lo verdaderamente revolucionario puede ser reivindicar aquello que se había dado por superado. Para algunos jóvenes, defender la familia tradicional, hablar abiertamente de Dios o reivindicar la disciplina personal se ha convertido en una forma de cuestionar los consensos culturales de su entorno.

Pero sería un error interpretar todo este fenómeno únicamente como una reacción política. Porque estar en contra de algo no significa necesariamente saber a favor de qué quieres vivir. Y ahí es donde creo que aparece la dimensión más interesante de este despertar.

Muchos jóvenes han crecido en un mundo que les ha prometido una libertad ilimitada, donde todo puede cuestionarse, todo es relativo y donde el compromiso se presenta en ocasiones como una renuncia a las posibilidades individuales. Sin embargo, algunos están empezando a descubrir que una vida sin valores sólidos puede generar desorientación, soledad y una profunda sensación de vacío.

El ser humano necesita algo más que libertad para ser feliz: necesita saber qué hacer con ella. Necesita pertenecer a algo, sentirse parte de una historia, reconocer unos principios que trasciendan sus deseos inmediatos y encontrar un propósito que dé sentido a sus sacrificios.

Por eso creo que el interés renovado por la tradición y por la fe católica, al menos entre una parte de esta generación, no puede explicarse exclusivamente como una provocación contra el progresismo. En muchos casos, responde también al deseo de recuperar algo que sienten que les ha sido arrebatado: la posibilidad de construir una identidad estable, de formar una familia, de comprometerse con una comunidad y de encontrar respuestas a las grandes preguntas de la existencia.

El conservadurismo no puede limitarse a ser una reacción permanente contra el progresismo, porque una identidad construida exclusivamente sobre aquello que rechazas termina dependiendo de su adversario. Si este movimiento quiere tener profundidad y continuidad, debe ser capaz de ofrecer una visión positiva de la vida, basada en aquello que considera digno de ser amado, protegido y transmitido a las siguientes generaciones.

Lo mismo sucede con la religión. Acercarse al cristianismo porque representa una forma de rebeldía cultural puede ser una puerta de entrada, pero la fe no puede reducirse a una herramienta de confrontación ideológica. Dios no puede convertirse simplemente en un símbolo de oposición política; la verdadera espiritualidad exige una transformación interior que va mucho más allá de cualquier batalla partidista.

Por eso creo que estamos ante dos fenómenos que pueden coincidir, pero que no debemos confundir: una reacción cultural frente a determinados discursos dominantes y una búsqueda espiritual mucho más profunda.

La reacción contra la cultura woke puede explicar por qué algunos jóvenes empiezan a mirar hacia la tradición, pero es la necesidad de encontrar verdad, orden, belleza y trascendencia lo que puede llevarlos a quedarse. Y esa es, para mí, la cuestión verdaderamente importante. Una generación puede comenzar rebelándose contra lo que le han enseñado a pensar, pero su auténtica madurez llega cuando descubre por qué merece la pena vivir.

 

¿Cree que los occidentales hemos acabado infravalorando nuestra propia cultura frente a otras civilizaciones? ¿Existe una especie de complejo cultural occidental que nos ha llevado a cuestionar nuestras raíces, nuestra historia y nuestra identidad?

Sí, creo que una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que Occidente se ha convertido en una de las pocas civilizaciones que parecen sentir la necesidad permanente de disculparse por su propia existencia. Hemos desarrollado una relación profundamente contradictoria con nuestra historia: somos herederos de una tradición cultural extraordinariamente rica y la civilización más próspera jamás conocida, pero en determinados sectores se ha instalado una visión que parece reducir nuestro pasado a una sucesión de injusticias, opresión y culpabilidad.

Una cosa es conocer y reconocer los errores de nuestra historia, y otra muy distinta es construir nuestra identidad colectiva exclusivamente alrededor de ellos. Todas las civilizaciones han protagonizado episodios de violencia, dominación y conflicto. Occidente no es una excepción, pero tampoco debería ser juzgado únicamente por sus capítulos más oscuros, ignorando sus innumerables aportaciones a la humanidad.

No se trata de afirmar que Occidente sea moralmente superior en todos los aspectos ni de negar las aportaciones de otras civilizaciones. Se trata de reconocer que tenemos una herencia cultural inmensa y que no deberíamos avergonzarnos de ella.

Sin embargo, creo que hemos confundido en demasiadas ocasiones el espíritu crítico con el desprecio hacia nosotros mismos. La capacidad de cuestionar nuestras instituciones, revisar nuestro pasado y reconocer nuestras contradicciones es precisamente una de las grandes fortalezas de la tradición intelectual occidental. El problema aparece cuando esa autocrítica deja de ser una herramienta para mejorar y se convierte en una forma de autonegación.

Una civilización que enseña a sus nuevas generaciones a avergonzarse sistemáticamente de sus antepasados corre el riesgo de formar individuos incapaces de comprender de dónde vienen y por qué merece la pena conservar aquello que han heredado.

Y esto tiene consecuencias que van mucho más allá del terreno cultural. La identidad proporciona arraigo, continuidad y sentido de pertenencia. Saber que formas parte de una historia que comenzó mucho antes de tu nacimiento y que continuará después de tu muerte te permite comprender que tienes una responsabilidad con las generaciones que te precedieron y con aquellas que todavía están por llegar.

Uno de los grandes problemas de nuestra época es que hemos debilitado esa conexión entre pasado, presente y futuro. Hemos terminado presentando la tradición como un obstáculo para el progreso, cuando, en realidad, no puede existir una idea verdaderamente sólida de progreso si no sabemos qué merece la pena preservar.

Además, en numerosos contextos progresistas se reivindica el derecho de otros pueblos a preservar sus costumbres, sus lenguas, sus creencias y sus tradiciones, mientras que la defensa de nuestra propia herencia cultural parece despertar recelos o ser algún tipo de actitud fascista, como ellos dicen. Es cuanto menos irónico ver a muchos sectores izquierdistas hablar de que la tradición ajena deba protegerse cuando a su vez llaman a destruir la suya propia. No es incompatible respetar la identidad de los demás sin renunciar a la nuestra y exigir que cuando alguien llega a nuestra civilización se asimile en nuestros valores y no intente imponer los suyos.

Además, considero que también hemos perdido la capacidad de transmitir a las nuevas generaciones la belleza de nuestra civilización. Hemos dejado de explicar por qué merecen ser admiradas nuestras catedrales, nuestra literatura, nuestra arquitectura, nuestra filosofía o nuestras tradiciones. Y cuando una sociedad deja de transmitir con orgullo y sentido crítico aquello que ha heredado, no debería sorprenderse de que sus jóvenes terminen buscando referentes en cualquier otra parte.

Porque amar tu civilización no significa creer que nunca se equivocó, del mismo modo que amar a tu familia no implica pensar que tus antepasados fueron perfectos. Significa reconocer que has recibido una herencia valiosa y que tienes la responsabilidad de cuidarla, mejorarla y transmitirla.

Y quizá esa sea una de las grandes batallas culturales de nuestro tiempo: conseguir que los jóvenes occidentales vuelvan a mirar su historia no desde la culpa o la vergüenza, sino desde el conocimiento, la gratitud y la responsabilidad. Porque una civilización que deja de creer en el valor de su propio legado difícilmente encontrará razones para garantizar su continuidad.

 

¿Qué es lo que más le ha sorprendido durante el proceso de documentación y escritura de Los hijos malditos de la historia? ¿Ha encontrado algún dato, fenómeno o contradicción que le haya obligado a replantearse alguna de sus propias convicciones?

Creo que lo que más me ha sorprendido ha sido descubrir hasta qué punto muchos de los problemas que aparentemente consideramos independientes están, en realidad, profundamente conectados. La crisis de natalidad, la pérdida de identidad, el deterioro de los vínculos familiares, el nihilismo, la soledad, la hipersexualización o la dependencia tecnológica pueden analizarse por separado, pero durante la escritura del libro fui llegando a una conclusión: Muchos de estos fenómenos pueden entenderse también como manifestaciones de una crisis mucho más profunda, una crisis espiritual y de sentido.

Y eso me ha llevado a replantearme algunas de mis propias convicciones, especialmente mi manera de entender la libertad. Durante años, por mi formación y por mi interés en la economía y la política, había tendido a interpretar la libertad fundamentalmente como la ausencia de coacción externa. Es decir, la capacidad del individuo para tomar sus propias decisiones sin que el Estado u otras instituciones interfieran constantemente en su vida.

Sin embargo, he comprendido que no basta con ser libre frente al poder político si no eres capaz de ser libre frente a ti mismo. Puedes vivir en una sociedad con enormes libertades individuales y, al mismo tiempo, ser esclavo de tus impulsos, de tus adicciones, de la necesidad de aprobación externa o de la búsqueda permanente de placer.

Y esta reflexión me ha llevado a una de las paradojas que más me han marcado durante la escritura: Los límites, lejos de ser siempre enemigos de la libertad, pueden ser precisamente aquello que nos permite alcanzarla. La disciplina, el sacrificio, la responsabilidad y el compromiso no tienen por qué ser cadenas que nos impiden realizarnos, sino herramientas que nos permiten convertirnos en dueños de nuestra propia existencia.

Otra cuestión que me ha impresionado es la contradicción entre nuestro extraordinario progreso material y la insatisfacción existencial que percibo en parte de las nuevas generaciones. Tenemos un acceso a la información, al entretenimiento, al consumo y a la tecnología que habría resultado inimaginable para nuestros antepasados. Y, sin embargo, nada de eso garantiza que una persona encuentre un propósito por el que merezca la pena levantarse cada mañana.

Hemos multiplicado las posibilidades de disfrutar de la vida, pero quizá hemos descuidado la capacidad de encontrarle un significado. Y creo que esa contradicción explica buena parte de las inquietudes que atraviesan a nuestra generación.

También me ha resultado especialmente revelador redescubrir la profundidad de nuestra tradición cristiana. Muchas de las virtudes que hoy parecen haber perdido protagonismo —la templanza, la fortaleza, la prudencia, la humildad o la capacidad de sacrificio— responden a problemas humanos que siguen siendo exactamente los mismos, aunque hayan cambiado las circunstancias tecnológicas y sociales.

Eso me ha hecho cuestionar una idea muy extendida en nuestra época: que todo lo nuevo representa necesariamente un progreso y que todo lo heredado constituye una limitación que debemos superar. A veces confundimos modernización con mejora, cuando una sociedad puede avanzar tecnológicamente y retroceder en su capacidad para formar individuos responsables, comprometidos y espiritualmente sólidos.

Pero, sobre todo, este libro me ha llevado a una conclusión personal que considero fundamental: No podemos separar completamente la batalla cultural de la batalla espiritual. Durante mucho tiempo he analizado los grandes conflictos de nuestro tiempo desde sus manifestaciones políticas, económicas y tecnológicas. Ahora creo que para comprenderlos de verdad también debemos preguntarnos qué concepción del ser humano, de la moral y de la trascendencia existe detrás de ellos.

Y quizá ese haya sido mi mayor descubrimiento: antes me preocupaba principalmente cómo construir una sociedad más libre; ahora me pregunto también qué clase de personas debemos ser para que esa libertad tenga verdadero sentido. De poco sirve tenerlo prácticamente todo si hemos olvidado para qué merece la pena vivir.

 

Actualmente convivimos con sectores que defienden los valores progresistas de las últimas décadas y otros, especialmente entre las nuevas generaciones, que reivindican posiciones más conservadoras y un regreso a la espiritualidad. ¿Hacia dónde cree que evolucionará esta confrontación cultural? ¿Estamos ante un cambio de ciclo duradero o simplemente ante otra fase de polarización que acabará provocando un nuevo movimiento pendular?

Creo que estamos ante una confrontación cultural que va mucho más allá de la política y que, en el fondo, refleja dos maneras diferentes de entender al ser humano, la libertad y el sentido de la existencia. Por eso considero que sería un error interpretar lo que estamos viviendo únicamente como una alternancia entre progresismo y conservadurismo. Lo que realmente está en discusión son los fundamentos morales, culturales y espirituales sobre los que queremos construir nuestra sociedad.

Creo que debemos distinguir entre dos fenómenos: una reacción política contra los excesos de una determinada corriente ideológica y un despertar cultural o espiritual verdaderamente profundo. El primero puede ser relativamente efímero, porque las tendencias políticas cambian y las generaciones suelen reaccionar contra los valores dominantes de sus predecesores. El segundo tiene potencial para producir transformaciones más duraderas, precisamente porque afecta a la manera en que las personas deciden vivir.

Y aquí está, para mí, la gran cuestión: ¿estamos viendo a jóvenes que simplemente quieren llevar la contraria al discurso dominante o a jóvenes que verdaderamente desean reconstruir su vida alrededor de la familia, la fe, la disciplina, el sacrificio y el compromiso?

Porque no es lo mismo ponerse una cruz para provocar que estar dispuesto a cargar con ella. No es lo mismo reivindicar la familia tradicional en redes sociales que asumir las responsabilidades que implica formar una. Y tampoco es lo mismo hablar de virtud que intentar practicarla cuando exige renunciar a nuestros propios deseos.

Creo que el verdadero indicador de la profundidad de este fenómeno no estará en las tendencias de TikTok, en los resultados electorales o en la popularidad de determinados discursos, sino en las decisiones personales de toda una generación. Si ese interés se traduce en comunidades estables, compromisos duraderos, transmisión de valores y una vida espiritual más profunda, estaremos hablando de algo que trasciende una simple moda cultural.

También considero que existe un riesgo importante: que los valores tradicionales terminen convirtiéndose en una identidad política superficial, definida exclusivamente por su oposición al progresismo. Porque una civilización no puede reconstruirse únicamente desde el rechazo. Necesita una propuesta positiva, una concepción de la belleza, del bien, de la verdad y de aquello que merece la pena preservar.

En ese sentido, creo que la espiritualidad introduce una dimensión especialmente interesante. La política puede cambiar las leyes, las instituciones y los incentivos económicos, pero tiene una capacidad mucho más limitada para transformar el corazón de las personas. Una transformación espiritual auténtica no consiste simplemente en cambiar de opinión sobre determinados debates culturales, sino en cambiar la manera en que uno se relaciona consigo mismo, con los demás y con Dios.

Por eso no me atrevería a asegurar que estemos ante un cambio de ciclo irreversible. La historia está llena de movimientos que parecían anunciar transformaciones definitivas y que terminaron dando paso a nuevas reacciones. Pero tampoco descartaría que estemos asistiendo al comienzo de una reconsideración más profunda de ciertos valores que durante décadas se habían dado por superados.

El éxito de un despertar espiritual no debería medirse por la derrota política de sus adversarios, sino por su capacidad para transformar vidas. Una sociedad puede experimentar un giro conservador en sus discursos y seguir padeciendo exactamente los mismos problemas de soledad, desarraigo, individualismo y vacío existencial.

Al final, creo que el tiempo nos permitirá distinguir entre quienes simplemente reaccionaban contra una moda ideológica y quienes estaban buscando recuperar algo verdaderamente importante y trascendental.

 

¿Qué contradicciones de nuestra sociedad le llevaron a escribir este segundo libro? ¿Qué mensaje quiere trasladar especialmente a los jóvenes y podemos esperar una tercera obra que continúe esta reflexión?

Creo que la principal contradicción de nuestra sociedad es que nunca habíamos tenido tantas posibilidades materiales para ser felices y, sin embargo, seguimos encontrando a muchos jóvenes profundamente desorientados, insatisfechos y necesitados de un propósito vital. Hemos alcanzado unos niveles de desarrollo tecnológico, prosperidad y acceso a la información extraordinarios, pero eso no se ha traducido necesariamente en una mayor plenitud personal.

Vivimos en una sociedad que nos promete libertad, pero que al mismo tiempo nos hace cada vez más dependientes de nuestros impulsos, de las pantallas y de la aprobación de los demás. Hemos confundido la libertad con la satisfacción inmediata y el progreso con la eliminación de cualquier sacrificio.

Otra contradicción que me parece especialmente significativa es la relacionada con la familia. Hemos construido una cultura que celebra constantemente el amor, pero que en ocasiones presenta el compromiso como una amenaza a la libertad individual. Reivindicamos la importancia de los vínculos humanos, pero hemos normalizado que muchas de nuestras relaciones sean frágiles, superficiales y fácilmente sustituibles. Queremos disfrutar de los frutos del compromiso sin asumir las responsabilidades que lo hacen posible.

Y hay una tercera contradicción que considero fundamental: Occidente ha alcanzado un desarrollo material extraordinario mientras una parte de sus sociedades parece haber perdido la confianza en su propia identidad cultural y espiritual. Somos herederos de una civilización que nos ha legado una riqueza filosófica, artística, científica y religiosa inmensa, pero hemos dejado de transmitir a las nuevas generaciones por qué merece la pena conocerla, valorarla y preservarla. Incluso diría que han llegado a conseguir que muchas personas se avergüencen de ella sumidos en una culpa que carece de cualquier fundamento. Somos la civilización más próspera de la historia y no deberíamos tener que pedir perdón por ello.

En cuanto al mensaje que quiero trasladar a los jóvenes, creo que es fundamentalmente uno: No confundáis una vida cómoda con una vida plena, ni una vida sin límites con una vida verdaderamente libre.

Que no tengan miedo al compromiso, al sacrificio, a la responsabilidad o a defender sus convicciones, incluso cuando resulten impopulares. Que comprendan que la disciplina no es necesariamente una forma de represión, sino una herramienta para conquistar la soberanía sobre uno mismo. Y que descubran que hay cosas por las que merece la pena renunciar a la satisfacción inmediata. Nada que merece la pena en esta vida llega rápido, ni fácil.

Creo que uno de los mayores engaños de nuestra época ha sido hacernos creer que la felicidad consiste en no tener que renunciar nunca a nada. Pero muchas de las cosas que verdaderamente dan sentido a nuestra existencia exigen precisamente lo contrario: esfuerzo, perseverancia, lealtad y la capacidad de entregar parte de nosotros mismos a algo que nos trascienda.

También me gustaría animarles a reconciliarse con sus raíces. A comprender que no han nacido en el vacío, que forman parte de una historia milenaria y que han recibido una herencia cultural y espiritual que merece la pena conocer. No podemos construir un futuro sólido desde el desprecio sistemático hacia nuestro pasado.

Y, sobre todo, quiero invitarles a hacerse una pregunta que considero esencial: ¿para qué merece la pena vivir? Porque podemos dedicar nuestra existencia a acumular dinero, seguidores, experiencias y reconocimiento, pero si nunca encontramos una respuesta a esa pregunta, corremos el riesgo de descubrir demasiado tarde que hemos dedicado nuestra vida a perseguir cosas que nunca pudieron llenarnos.

Respecto a una tercera obra, no lo descarto en absoluto. La escritura de estos dos libros ha sido también un proceso de transformación personal e intelectual.

Creo que todavía quedan muchas preguntas por explorar, especialmente en torno a cómo podemos reconstruir los vínculos, las virtudes y los fundamentos morales que permiten sostener una civilización. Pero tampoco quiero escribir simplemente por publicar otro libro. Creo que una obra debe nacer de una inquietud auténtica y de la necesidad de transmitir algo que realmente merezca la pena ser contado.

Si hay una idea con la que me gustaría que los lectores se quedaran es esta: No somos únicamente herederos de una civilización, también somos responsables de su futuro. Y esa responsabilidad empieza mucho antes de cualquier batalla política o cultural: comienza en la manera en que decidimos vivir nuestra propia vida.

No podemos aspirar a cambiar el mundo si antes no somos capaces de gobernarnos a nosotros mismos. Y no podemos construir una sociedad con futuro si hemos olvidado qué cosas merecen ser amadas, defendidas y transmitidas.

 

Durante décadas se prometió a los jóvenes que, si estudiaban y se esforzaban, vivirían mejor que sus padres. Sin embargo, muchos se encuentran con salarios que no les permiten independizarse, viviendas inaccesibles y un ascensor social que parece haberse detenido. ¿Cree que el regreso de los jóvenes a posiciones conservadoras responde realmente a una convicción ideológica o es, en buena medida, una rebelión contra un sistema que les ha prometido prosperidad y no ha cumplido?

Es muy difícil comprender el desencanto de una parte de la juventud occidental sin tener en cuenta la ruptura del contrato generacional sobre el que se construyó buena parte de nuestra idea de progreso. Durante décadas se transmitió a los jóvenes una promesa relativamente sencilla: si estudiaban, trabajaban, se esforzaban y actuaban con responsabilidad, podrían construir una vida mejor que la de sus padres. Sin embargo, muchos están descubriendo que cumplir con todas esas condiciones ya no garantiza alcanzar determinados objetivos que antes parecían razonablemente accesibles.

Hemos educado a toda una generación para que aspire a la independencia, pero hemos construido unas condiciones económicas que dificultan enormemente alcanzarla. Les hablamos de libertad individual mientras muchos no pueden abandonar el hogar familiar, acceder a una vivienda o plantearse tener hijos sin asumir enormes sacrificios económicos.

Creo que esto ayuda a explicar por qué determinados jóvenes empiezan a cuestionar no solamente el funcionamiento de nuestro sistema económico, sino también algunos de los discursos culturales que han acompañado su evolución.

Porque hay algo profundamente paradójico en una sociedad que presenta la emancipación individual como uno de sus grandes logros, pero que al mismo tiempo dificulta materialmente que una persona pueda construir su propio proyecto de vida. ¿De qué sirve hablar constantemente de libertad si una parte de los jóvenes carece de los medios necesarios para ejercerla?

Ahora bien, creo que sería un error reducir este fenómeno exclusivamente a una reacción económica. Los problemas materiales pueden generar frustración y desconfianza hacia las instituciones, pero no explican por sí solos por qué determinados jóvenes encuentran respuestas en la tradición, la familia, la identidad cultural o la religión.

Ahí es donde entra una dimensión mucho más profunda. No creo que muchos de estos jóvenes quieran regresar al pasado; creo que quieren recuperar la posibilidad de tener un futuro. Quieren poder acceder a una vivienda, formar una familia, desarrollar una vocación y sentir que su esfuerzo tiene una recompensa. En definitiva, aspiran a construir una vida con estabilidad, arraigo y continuidad.

Y eso conecta directamente con algunos valores que hoy identificamos como conservadores, aunque durante mucho tiempo fueran aspiraciones compartidas por personas de ideologías muy diferentes. Tener una familia, disponer de un hogar o confiar en que tus hijos vivirán mejor que tú no debería convertirse en una reivindicación exclusiva de ninguna corriente política.

También creo que debemos reconocer los errores estructurales de nuestro modelo económico. No podemos pretender que los jóvenes recuperen la confianza en el futuro mientras soportan enormes dificultades para acceder a la vivienda, una presión fiscal asfixiante y un sistema de pensiones en ruinas.

Hemos terminado trasladando a las nuevas generaciones una parte importante de las obligaciones económicas del presente, mientras les resulta cada vez más difícil acumular patrimonio y construir las bases de su propio futuro. Por eso considero fundamentales las reformas que permitan aumentar la oferta de vivienda, mejorar las oportunidades económicas, sanear las cuentas públicas y garantizar que el sistema de pensiones no termine convirtiéndose en una carga insostenible para quienes hoy están empezando su vida laboral.

La prosperidad económica es necesaria, pero no suficiente para construir una vida con sentido. Podemos resolver determinados problemas materiales y seguir teniendo sociedades marcadas por la soledad, el desarraigo, la fragilidad de los vínculos y el vacío espiritual.

Por eso creo que lo que estamos observando, al menos entre una parte de la juventud, es una combinación de frustración material y búsqueda existencial. Algunos reaccionan contra un sistema que consideran incapaz de cumplir sus promesas, mientras otros empiezan a cuestionar también la concepción de la felicidad y de la libertad que han heredado.

Una sociedad no puede exigir sacrificios a sus jóvenes si es incapaz de ofrecerles un horizonte por el que merezca la pena sacrificarse. El esfuerzo necesita una dirección, el compromiso necesita una finalidad y la responsabilidad necesita un futuro sobre el que proyectarse.

En definitiva, creo que la pregunta no es únicamente si los jóvenes están girando hacia posiciones conservadoras por convicción ideológica o por frustración económica. La pregunta verdaderamente interesante es qué están intentando recuperar a través de ese giro.

Porque quizá muchos jóvenes no estén rebelándose contra el progreso, sino contra una idea de progreso que les ha prometido tenerlo todo mientras les dificulta conseguir algunas de las cosas más elementales: un hogar, una familia, estabilidad y un propósito vital. Es normal una reacción cuando a una generación a la que se le prometió que podía llegar a ser cualquier cosa, cada vez le cuesta más conseguir algo tan sencillo y tan importante como construir una vida propia.

 

Usted es el impulsor de la cuenta Wall Street Wolverine, que ha dado visibilidad a cuestiones que a menudo quedan fuera del foco de los medios de comunicación tradicionales, y ha fundado La Veu Lliure, un diario andorrano que se ha convertido en un referente informativo en lengua catalana en el Pirineo. ¿Cree que la sociedad digital está alcanzando una cierta madurez y que estamos pasando de unas redes sociales dominadas por el entretenimiento, la superficialidad y la exhibición personal a plataformas capaces de democratizar el conocimiento, fomentar el pensamiento crítico y transformar el panorama informativo?

Creo que estamos viviendo una de las transformaciones más importantes de la historia de la comunicación, pero no diría que estamos abandonando la superficialidad para entrar definitivamente en una etapa de madurez digital. Lo que está sucediendo es que internet está evolucionando hacia un espacio donde conviven dos fuerzas aparentemente contradictorias: una industria del entretenimiento que compite constantemente por nuestra atención y una democratización del conocimiento y de la información sin precedentes.

Durante buena parte del siglo XX, la capacidad de influir en la opinión pública estaba concentrada en un número relativamente reducido de medios de comunicación, grandes grupos empresariales e instituciones. Eran ellos quienes decidían, en buena medida, qué acontecimientos merecían ser noticia, qué voces tenían acceso al debate público y qué cuestiones quedaban fuera de la agenda informativa.

La revolución digital ha roto buena parte de ese monopolio de la intermediación informativa. Hoy una persona con una cámara, una conexión a internet y algo relevante que contar puede llegar a millones de personas sin necesitar la autorización de una gran estructura mediática. Esto ha supuesto una redistribución extraordinaria del poder comunicativo y ha permitido que aparezcan nuevas voces, nuevas comunidades y nuevas formas de ejercer el periodismo.

En cierto modo, esa ha sido también mi experiencia con Wall Street Wolverine. Lo que comenzó como un proyecto personal de divulgación y análisis político y económico terminó convirtiéndose en una plataforma capaz de introducir cuestiones en el debate público, cuestionar determinados relatos y conectar con una audiencia que no siempre se sentía representada por los medios tradicionales.

Y precisamente por eso he querido dar un paso más con proyectos como La Veu Lliure. Creo que el siguiente gran desafío de la comunicación digital consiste en transformar la influencia que nace en las redes sociales en estructuras informativas sólidas, profesionales y duraderas. No basta con conseguir millones de visualizaciones o generar conversación. También debemos ser capaces de construir medios que aporten información contrastada, investigación, contexto y una relación de confianza con sus lectores.

Para mí, ese es uno de los signos más interesantes de madurez del ecosistema digital: que proyectos nacidos al margen de las grandes estructuras mediáticas puedan evolucionar hacia instituciones periodísticas con identidad propia. Y esto resulta especialmente relevante en territorios como Andorra, donde nuestro medio puede contribuir a ampliar el pluralismo informativo y ofrecer nuevas perspectivas sobre la realidad local, frente a otros medios que solo aspiran a hacerse eco de las noticias de agencia o a no incomodar demasiado al poder político.

Ahora bien, tampoco debemos idealizar las redes sociales. Que la información se haya democratizado no significa que automáticamente haya mejorado su calidad.Hemos eliminado muchas de las antiguas barreras de entrada, pero también hemos creado un entorno donde la velocidad, la polémica, la emocionalidad y el entretenimiento pueden imponerse sobre el rigor y la reflexión.

Además, hemos pasado de una realidad en la que los grandes medios ejercían una enorme capacidad de selección informativa a otra en la que buena parte de nuestra atención está condicionada por algoritmos de recomendación. Es decir, hemos reducido el poder de determinados intermediarios tradicionales, pero han aparecido otros nuevos, fundamentalmente las grandes plataformas tecnológicas.

El gran reto ya no es solamente garantizar que cualquier persona pueda expresarse, sino conseguir que esa libertad de expresión conviva con una ciudadanía capaz de distinguir entre información, opinión, propaganda y manipulación.

Por eso creo que debemos ser exigentes con los nuevos medios digitales, empezando por los nuestros. Si queremos cuestionar las deficiencias del periodismo tradicional, no podemos limitarnos a reproducirlas con un lenguaje más provocador y un formato más atractivo. Tenemos que demostrar que es posible combinar independencia editorial, rigor informativo y capacidad de conectar con las nuevas generaciones.

El pensamiento crítico no consiste en desconfiar automáticamente de los medios tradicionales, sino en aprender a cuestionar cualquier fuente de información, incluidos aquellos comunicadores con los que coincidimos ideológicamente. 

De lo contrario, corremos el riesgo de sustituir unas autoridades informativas por otras sin haber desarrollado una verdadera autonomía intelectual.

En definitiva, creo que el futuro de la comunicación estará marcado por la convivencia y la competencia entre los grandes medios tradicionales, los nuevos medios digitales y los creadores independientes. La diferencia no debería estar únicamente en quién llega a más personas, sino en quién es capaz de aportar más valor, generar mayor confianza y construir proyectos que sobrevivan a las tendencias de las plataformas.

 

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