¡ES LA REVOLUCIÓN, IDIOTAS!

Artículo de Cuñao Liberal (@CunyaoLiberal)
 

Protestes a França
Protestes a França
por el autor Cunyat Liberal
5 minutos de lectura
Publicado el Miércoles, 21 Octubre 2026 - 11:49

Un fantasma recorre Europa. Y no, no me refiero al sentido original de la frase escrita por Karl Marx y Friedrich Engels al comienzo del Manifiesto del Partido Comunista. Perfectamente podría ser, pero no.

Me refiero a las revueltas de Francia, Bélgica, Italia, Inglaterra, Albania y, en menor medida, de Portugal y España. De todo lo que estamos viendo llama poderosamente la atención una cosa: la actitud de la mayoría de mandatarios y gobernantes europeos. Así de primeras, es un comportamiento político que podríamos calificar de equidistante. 

Pero, si apretamos más el lenguaje, cabría hablar de actitud «blandengue» o de «cagacalces» y «figaflor» en catalán. En Andalucía hablaríamos de la mítica «flojera».

«Condena enérgica de las protestas», dice el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, mientras habla del derecho de manifestación y de trasladar la opinión de «los jóvenes» (de Jovenlandia, claro) de la calle a los foros adecuados, como la Asamblea francesa. Será, digo yo, si no queman antes el grandioso Palais Bourbon, sede de la Assemblée nationale. Total, acaba de cumplir 300 años y ya va siendo hora de una reforma integral al estilo del Ayuntamiento de Limoges.

Declaraciones como ésta denotan que en Europa tenemos un problema serio. Y es que quien tendría que estar poniendo soluciones a lo que está pasando no lo está haciendo y, lo que es peor, ni lo va a hacer. 

Y ello, fundamentalmente, porque ni siquiera tiene bien diagnosticado el problema. Ningún dirigente europeo ha caído en la cuenta de que el origen de las revueltas en todos los países es común. 

Todas las algaradas callejeras, desde la quema de edificios públicos en Francia, los ataques a la policía en Bélgica, el enfrentamiento entre ciudadanos en Inglaterra, el saqueo de comercios de lujo en Italia o las cuchi-acampadas callejeras en España, obedecen a una misma causa: es la revolución.

Todo apunta a que estamos en la «fase inicial» de la revolución, conforme al diagnóstico que el sociólogo ruso-estadounidense Pitirim Sorokin plasmó en su libro La sociología de la revolución. 

Y este hombre sabía de lo que hablaba. No en vano sufrió en sus carnes la revolución bolchevique de 1917, que le obligó a exiliarse de Rusia a EE. UU., donde acabaría siendo profesor de Sociología en la Universidad de Harvard y fundador del Departamento de Sociología.

La obra, escrita en 1925, es de rabiosa (no va con segundas) actualidad. El argumento central de Sorokin es que las sociedades estables se mantienen unidas gracias a los «reflejos condicionados», que son los hábitos morales, el respeto a la ley, las normas religiosas y la educación. Esos reflejos condicionados actúan como frenos o mecanismos de cohesión social.

Por tanto, la fase inicial (que él llama de «licencia o locura desatada») de ese proceso revolucionario se centra en destruir esas normas morales, legales, religiosas y educativas. En esta fase inicial, las instituciones fundamentales que sufren la mayor destrucción son:

  1. El aparato judicial y legal: supone la desacreditación de los tribunales, la abolición de las leyes vigentes y la desautorización de la policía y los cuerpos de seguridad.

  2. El régimen de propiedad y las instituciones económicas: se produce un ataque a la propiedad privada como base de toda la economía. Por ejemplo, dice Sorokin (¡en 1925!): «Los comercios y las empresas son asaltados, expropiados o clausurados bajo la retórica de la redistribución».

  3. La Iglesia y las instituciones religiosas: como freno moral interno más potente de una sociedad estable, los templos e iglesias son profanados, los religiosos son perseguidos y los dogmas y la moral religiosa son ridiculizados formalmente y sustituidos temporalmente por cultos laicos.

  4. El Gobierno central y la Administración pública: las monarquías, los parlamentos y las administraciones públicas son abolidos por la fuerza, señala Sorokin.

  5. La institución familiar y los lazos tradicionales de afecto: aquí se incluye tanto el ataque a la familia tradicional como a las costumbres y tradiciones.

Y todo ello se hace con una especie de «metalenguaje», que diría George Orwell. El lenguaje se vuelve puramente emocional, dogmático y violento. Los conceptos complejos se reducen a eslóganes simplistas que dividen al mundo estrictamente entre «buenos» (el pueblo revolucionario) y «malos» (los enemigos de la revolución).

La consecuencia inmediata de esta fase inicial de la revolución, concluye Sorokin, es que grupos que tradicionalmente ocupaban la base de la pirámide social (las clases más desfavorecidas, pero también elementos marginales o criminales) asumen el control de las calles y de las nuevas instituciones provisionales. Por el contrario, las élites anteriores son perseguidas, despojadas de sus derechos y convertidas en el blanco del odio colectivo.

La segunda fase, o fase definitiva, de la revolución la dejaremos para otro momento. Ahora lo que interesa es proponer al abnegado lector de esta columna un juego de agudeza visual: ¿cuántos de estos síntomas en forma de ataques a instituciones estamos viviendo hoy día en Europa?

Pues eso, que ya tenemos en marcha la revolución y nuestros dirigentes políticos no se han enterado. 

 

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